María Teresa Domínguez Rodríguez – Síntesis Franco Gorritti 94.1
La angustia de Jesús explicada desde la historia y la ciencia. Que es la hematidrosis el problema de coagulación por el cual Cristo sudo sangre. El miedo y su humanidad.
La angustia y la súplica al Padre
En el Evangelio de San Lucas, de estilo literario culto y elegante, se recoge con especial dulzura la escena de la Oración en el Huerto de los Olivos. Hay que destacar que, en sus textos, Lucas demuestra una particular cercanía hacia los pobres, las víctimas de injusticias y los pecadores arrepentidos: es él quien habla del buen samaritano, de Lázaro y el rico Epulón, del hijo pródigo y el padre que lo recibe con los brazos abiertos; es él quien refiere de la pecadora perdonada que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos. Aunque no fue testigo de todos los acontecimientos, su relato es exacto y está lleno de afecto y sentimiento. Relata así Lucas el drama (Lc 22, 39-46):
“Jesús salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: “Pedid que no caigáis en tentación”. Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: “¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación”.
El miedo y la tristeza se apoderan de Jesús en la noche oscura del alma, sintiéndose abandonado, en una agonía que marca el inicio de su Pasión y Muerte. Imagino a Cristo agotado y temeroso, con la mirada fija en el cielo, anhelando verse reflejado en las pupilas del Padre que entrega a su Hijo para la salvación del hombre.
Al enseñarnos el Padrenuestro (Mt 6, 9-13), Jesús proclama que Dios es el padre amoroso que cuida de nosotros, y así lo nombra: “Abbá, padre mío querido” (Mc 14, 36). La palabra aramea “abbá” fue, originalmente, un término del lenguaje infantil que significaba “papá”.
En la época del Nuevo Testamento, su uso no se limitaba al habla de los niños, sino que también la utilizaban los jóvenes y adultos para dirigirse a su padre, cuando la relación era muy entrañable. La voz “abbá” denota que la relación padre-hijo reposa en la confianza, el respeto, el cuidado, la responsabilidad, el cariño y el conocimiento: el hijo está sostenido en las buenas manos del padre, sabe que el padre nunca le abandonará sino que le cuidará con amor.
La espontaneidad y la inmediatez que expresa el “abbá” de Jesús manifiesta la proximidad del Hijo de Dios a su Padre: como afirma el Papa Francisco, llamar a Dios “abbá” es mucho más íntimo y conmovedor que llamarlo, simplemente, “Padre”.
Huerto de Getsemaní
En Getsemaní, el alma de Jesús quedó abrumada por la tristeza (Mt 26,38) y la angustia penetró en ella hasta el punto de hacerle lanzar grandes gritos (Hb 5,7).
Cristo ruega al Padre: “Si quieres, aparte de mí este cáliz”, pero está dispuesto a acatar la voluntad del Todopoderoso, aunque eso signifique saborear la hiel de su Pasión y Muerte.
Sus palabras se asemejan a la súplica de un niño desvalido que apela a la misericordia de quien tiene la potestad y la autoridad para decidir. Jesús acepta la voluntad del Padre, pero su hasta tal punto llega su aflicción que un ángel acude para confortarlo.
¡Cristo, que hubiera podido convocar a las legiones celestiales para acabar con aquellos que le torturarían apenas unas horas después!
Cuanto más ahogo siente Jesús en su alma, con más fervor se entrega a la oración. Va en busca de sus discípulos y los encuentra dormidos.
Les reprocha su comportamiento y les insta a levantarse y orar “para no caer en tentación”. Se intuye en sus palabras cierta indignación y extrañeza.
Él, lleno de ansiedad y terror ante su inminente calvario, totalmente consciente en la vigilia previa a su prendimiento, mientras sus discípulos duermen ajenos a la situación. Cristo les apremia a despertar y orar con intenso fervor, porque sólo esquivamos la tentación cuando se reza poniendo en ello los cinco sentidos.
Consecuencias físicas de la angustia de Jesús
De San Lucas habla San Pablo en la Carta a los Colosenses, definiéndolo como “Lucas, el médico querido” (Col 4, 14).
Al ser médico, es lógico que esté interesado en los efectos físicos ocurridos en el cuerpo de Jesús durante esta terrible noche.
Efectos físicos del sufrimiento de Jesús. Cristo suda sangre
¡Qué horribles escalofríos recorrerían su santa humanidad, qué temblores asaltarían sus miembros! El pavor se exterioriza en un sudor espeso y oscuro, como gotas de sangre (otros traductores interpretan la expresión original de Lucas no como “gotas” de sangre, sino como “coágulos”) que caen a tierra, empapándola de sufrimiento divino.
Muchos dudan acerca de la veracidad de esta rareza, aunque se trata de un fenómeno científicamente reconocido denominado “hematidrosis” o “hematohidrosis” (del griego: haima = sangre e hidros = agua), y que puede ocurrir en personas con trastornos de coagulación que sufren intensa angustia y estados emocionales extremos.
Como resultado del estrés y la presión, los pequeños vasos sanguíneos que se encuentran justo debajo de la piel sufren una hemorragia. La piel se vuelve frágil y sensible y a través de ella brota la sangre mezclada con la transpiración.

El sufrimiento moral y el estrés que le produjo la hematidrosis dejó a Jesús sin fuerzas físicas. Además, como sus capilares y vasos sanguíneos estallaron, la piel de su cuerpo quedó muy dolorida, acusando sobremanera los golpes y latigazos a los que sería sometido horas después, convirtiendo la flagelación en un trágico baño de sangre. ¡Cómo se clavaría esa corona de espinas en su ya destrozada epidermis!
El ángel confortador
El ángel confortador es un personaje que sólo aparece en el Evangelio de San Lucas. Tanto Mateo como Marcos relatan cómo Jesús llama la atención a sus discípulos por quedarse dormidos en vez de mantenerse en oración.
Mientras, Juan únicamente nos dice que fue allí acompañado de apóstoles porque era el lugar donde habitualmente rezaba.
¿Quién es este misterioso ángel? La piedad del pueblo cristiano le atribuyó varias personalidades. La tradición apócrifa lo llamó “Egudiel”, que significa “la Penitencia de Dios”, proponiéndose otros nombres también en las tradiciones copta y moscovita.
A veces, ha sido nombrado como “San Gabriel”, ya que es el mensajero de Dios, tal como vemos en el Antiguo Testamento, concretamente en el Libro de Daniel, donde le explica al mismo la visión que ha tenido sobre el fin de los días.
En el Nuevo Testamento, aparece en el Evangelio de Lucas anunciando a Zacarías el nacimiento de San Juan Bautista y a María que será la Madre del Salvador.

La cruz y el cáliz que el ángel muestra a Jesucristo no son elementos atribuidos al azar, sino que tienen un profundo significado: el comienzo y el fin de la Pasión de Nuestro Señor.
De esta manera, Egudiel nos recuerda que el martirio de Cristo tuvo un fin concreto: la salvación de la humanidad. Sin pronunciar una palabra, el ángel consuela a Jesús, sirviendo así su sola presencia para insuflar esperanza y fuerzas al Divino Redentor.
Jesús salió triunfante del horrible conflicto en Getsemaní. Aunque su naturaleza humana sintió miedo, tristeza y otras emociones lógicas en una coyuntura semejante, e incluso aunque suplicó con amargura al Padre que apartara de sus labios el cáliz, Cristo siempre se mostró dispuesto a cumplir la voluntad de Dios.
Su Pasión y Muerte representó la culminación del sacrificio para el que estaba destinado desde su nacimiento, consumando así la divina misión que le había sido encomendada.
La imagen de Jesús que resulta de la Oración en el Huerto es de enorme importancia, pues refleja cómo Él, siendo Hijo de Dios, se hizo plenamente hombre para salvar a los hombres.
El mérito y la belleza del sacrificio de Jesús se resumen en que aceptó los padecimientos voluntariamente y por amor. En base a la libertad, Cristo decidió padecer el martirio en su carne y en su alma. Gracias al sufrimiento del Hijo de Dios, el ser humano alcanza la dignidad de disfrutar de la vida eterna.