¿Llegó “el Gran Filtro”?

La supervivencia de nuestra civilización

La guerra de Ucrania ha puesto en vilo la paz mundial, generando una inestabilidad de una magnitud que desde hace mucho tiempo no se observaba.

Por nuestra parte nunca estaremos a favor de alguno de los bandos en pugna, pero si estaremos a favor de quienes sufren por la toma de decisiones equivocadas o no, y nos permite analizar los efectos colaterales que con ello traen. ¿Qué efectos nos genera para el futuro de la humanidad?

Nadie duda de la cantidad de muertos que hasta la fecha se han producido de ambos bandos, que no son sepultados y quedan al aire libre, además de miles de personas civiles o no, que mueren congelados por el frio atroz que hace y quedan a la deriva, abandonados.

Esto generará nuevas plagas en el corto plazo, pero aún no conocidas. A esta contaminación, se suman los químicos utilizados con las armas de guerra y las radiactividades propias de esta realidad, y ni hablar de los desechos nucleares de las centrales que se buscan controlar.

Vemos que este escenario ha generado el comienzo de futuros daños colaterales y que la rueda ambiental ha comenzado nuevamente a funcionar moviendo las energías mundanas interrelacionadas y nos preguntamos ¿Qué pasará en los próximos tiempos, hacia dónde vamos?

De esta manera ha venido a mi mente, la terrible teoría denominada Gran Filtro sobre las civilizaciones interestelares, que postula nuestra inexorable extinción a corto plazo y con estos acontecimientos cobra renovada vitalidad.

Esta teoría fue propuesta en el año 1996 por el profesor Robín Hanson buscando resolver la paradoja que había planteado el italiano Enrico Fermi que se pregunta cómo es posible que aún no hemos sido capaces de descubrir una civilización interestelar tecnológicamente avanzada, a pesar de la existencia en nuestra galaxia de miles de millones de sistemas solares potencialmente adecuados para la evolución de la vida.

Le llamaba la atención el hecho de que no haya sido detectada ni siquiera una simple seña extraterrestre, o las repercusiones de un gran proyecto de ingeniería, sin mencionar a una sola civilización interestelar que haya colonizado o, por lo menos, visitado nuestro planeta.

En ese marco el mundo académico busca dar una respuesta a esta paradoja, y plantea dos alternativas ya sea que la inteligencia necesaria para lograr la capacidad de crear tecnología avanzada es muy rara en el universo, o bien la vida inteligente tiende a extinguirse. 

Es aquí donde Hanson sostiene la segunda hipótesis con su teoría del Gran Filtro, considera que debe existir una barrera natural que impide el crecimiento suficiente de las civilizaciones inteligentes capaces de colonizar el espacio.

Este mismo filtro podría estar determinado, entre otras cosas, por una catástrofe industrial, como las guerras nucleares, o el agotamiento de los recursos naturales de un planeta.

No es intención en esta corta nota, hablar de la teoría del Gran Filtro en profundidad, que quedará para otra oportunidad, sino simplemente ver si nuestra civilización que se encuentra catalogada como de 0.7 según la escala de Carl Sagan, -científicamente hay tres niveles Tipo I, Tipo II, y Tipo III-, por todo el avance tecnológico desarrollado y que se desarrolla no ha entrado al Gran filtro.

 Por cierto no sabemos dónde está ese Gran Filtro, ¿Atrás de nosotros o delante de nosotros? si ya lo pasamos, avanzamos a ser una súper civilización, pero si no lo pasamos el Gran Filtro es un suceso catastrófico que con solo rayos gamma que pueden llegar es cuestión de tiempo de que toda la vida en la tierra sea aniquilada, otra situación es la actual, de guerra nuclear dado que todas las civilizaciones acaban o terminan autodestruyéndose una vez que alcanzan cierto nivel de tecnología y que hoy en la actualidad hemos alcanzado y nos superamos.

Así desde esta perspectiva la guerra de Ucrania, deja abierta la paradoja de Fermi, en el tema de las civilizaciones interestelares y sustenta la horrible teoría del Gran Filtro, el porqué de la sobrevivencia o no de las mismas. Ojalá exista una ventanita de “un tal vez”, para nuestra civilización. Por Luis Gorritti