Los códigos y prejuicios de la autoridad policial

El color de tu piel

El caso del joven jugador de futbol Lucas González en CABA confirma lo que le pasa a numerosos pibes que cada fin de semana saturan la alcaidía salteña, ya saturada de chicos que son llevados por supuestos delitos por la policía, simplemente por ser mirados de una manera distinta por su vestimenta o por su piel color marrón, que los estigmatiza con una cultura criminilizadora y reproductora de las violencias. 

Los adolescentes que caen en el delito es una cuestión social que tiene sus profundidades y que policías y profesionales sacan conclusiones sobre sus costumbres y rituales que los utilizan para identificarlos. La policía, que debe hacer cumplir el orden, para ubicarlos los clasifican por la marca de las zapatillas, el corte de pelo o el modelo de la moto, también con los tatuajes que usan y el modo de caminar. Para ellos, como dicen, es fácil de identificarlos, sin embargo para los profesionales –psicólogos, sociólogos- no están muy de acuerdo con ello y cuestionan esa mirada policial o es “olfato policial”. Dicen que se quedan ciegos o se les tapa la nariz cuando esa mirada u olfato se trata de niños bien o compañeros de trabajo. Cómo vemos la policía no deja de utilizar, la metodología que pregonaba Ezechia Marco Lambroso, más conocido por Cesare Lambroso, un criminólogo y médico italiano del siglo XIX, fundador de la Escuela de Criminología Positivista, conocida como Nueva Escuela. Este estaba convencido que era asunto sencillo cazar a un delincuente. Para ello, era suficiente observar la proporción y forma de su cráneo, el tamaño de su nariz, las orejas separadas, que fuera o no lampiño, la estructura de la mandíbula inferior y otras “sutilezas” tales como la incontinencia urinaria o la cicatrización rápida. Por cierto que con estas teorías a nadie se le ocurriría en la actualidad mandarlos en cana simplemente por ser narigón o ser cejudos, sin embargo hoy se llenan de llamadas en el 911 indicando que ven a un par de pibes merodeando las calles del barrio en moto, indicando con un corte de pelo “taza”, con gorrita “vicera”, pantalones “capri” (bajo las rodillas) y zapatillas de marca que no bajan de los $ 8.000 o $10.000. A lo de Lambroso se agrega ahora la vestimenta y el color de piel  

 La vestimenta los delata

Esa manera de vestirse de los pibes chorros, que no puedan “zafar” a ningún control callejero por el “olfato policial”, que dicen tener, aunque no hagan nada a que se debe, a “prejuicios”, a “estigmación”, a ese “olfato policial”, a “pertenecer a un grupo”. Es difícil entender, porque los floggers o los emos también tienen sus manifestaciones externas, como el pelo, la ropa, la música, sin embargo podemos decir ¿Qué se equiparan a los pibes chorros?. Escribía Federico Artigue un psicólogo que trabajó muchos años en la fundación del padre Cajade en Bs. As. “No trasladaría esas identificaciones, porque la subjetividad de un chico pobre no es igual a la de un flogger, ni con los vínculos sociales, ni con la ropa, ni con el consumo. El primero suele llegar al delito después de una infinidad de trabajos en los que ha sido explotado, ha crecido en la calle, con sus pares, mientras que el otro lo ha hecho en su casa, en un cuarto y con su computadora; con relaciones y padres virtuales”.

Lo cierto es que hoy por hoy, la policía no piensa lo mismo, Diario el Tiempo realizó algunas consultas ante oficiales policiales, donde se notó que son defensores acérrimos en su forma de trabajar en base al “olfato policial”, dicen tener un sexto sentido que para ellos lo llevan en la piel, para detectar delincuentes.  Si ven pibes en un auto o moto, que se detienen en un semáforo, tienen pilchas, con un tatuaje tumbero, ya necesitan identificarlo, y es seguro que encontrarás un arma, porque todos tienen rasgos similares, dicen. Además la experiencia es esencial para actuar, dicen que los jóvenes policías aprenden sobre la marcha en los procedimientos que realizan, además de que ellos vienen de esos mismos lugares de los barrios carenciados por lo que conocen como actúan estos pibes. La policía también ha elaborado su propio código para clasificarlos: los salidos de la cárcel, los pibes chetos y los pibes chorros. Así los primeros usan zapatillas de marca Nike, Adidas, o Puma, generalmente con resorte, con pantalones de gimnasia de nailon y camisa” y sus tatuajes que le quedaron como marca de su paso por la cárcel. Los “pibes chetos” no usan tatuajes, usan pantalones de jean, chomba y zapatillas de vestir. Usan el pelo “parado”. En cuanto a los “pibes chorros”, estos “visten de capri, medias, zapatillas caras, gorra vicera, camisa o camisetas de equipos de fútbol, pero de marca. Tienen uno mismo corte de pelo, el tipo taza, priorizan en la comunicación entre sí el movimiento de las manos y todos caminan de la misma manera, agregaron los consultados.

Peligrosas apreciaciones

Sin embargo los psicólogos consultados sobre esto consideraron que ese “olfato” es muy peligroso que la policía con solo mirar a un joven por la forma de vestir, su apariencia ya es sospechoso, y si es morocho ya es culpable. Sin embargo no entienden que estos jóvenes no pueden dejar de tener identidad y sentimiento de pertenencia por ello se visten igual y suelen hacer las mismas actividades y cuando le preguntamos sobre los “pibes chorros” dicen que no hay duda que estos jóvenes marginales “con familias desintegradas y sin proyecto de vida, optan por el oficio de la desesperación: robar”. Así buscan pertenecer a grupos donde sus historias diarias a base de hazañas delictivas les generan más poder interno, más reconocimiento entre sus pares, buscan ese prestigio con las zapatillas caras que lo único que pueden tener. No acceden a colegios privados, a comer a restaurantes caros, ni a aprender idiomas o música. Otro policía que está en la calle y no detrás de un escritorio nos comenta que también que la mayoría de los catalogados como pibes chorros se movilizan en moto, por eso se los denomina “motochorros” y se mueven motos de las marcas y modelos más buscadas: “Honda Bis, Honda Wave, Honda Storm o Gilera Smas, que le sacan las patentes y le recortan el guardabarro. Por cierto como vemos la apreciación de Lambroso sigue presente en nuestros días en quienes velan por la seguridad de los ciudadanos, sin embargo esto debe ser tomado con pinzas porque muchas veces se utiliza esto para os sectores marginales y no hay “olfato”, ni mirada cuando se investigan, políticos, amigos o hijos del poder.

Lo difícil de hoy

Nacer negro, nacer marrón, usar gorrita o ropa deportiva, vivir en una villa o un barrio popular, o incluso ser joven en un mundo adultocéntrico, es una condena sin delito. Una profecía auto cumplida que habilita a ser discriminado, criminalizado,  estigmatizado y, eventualmente, fusilado. Esa convergencia discursiva entre los medios y las fuerzas de seguridad puede observarse en las categorías subrayadas que remarcan y la forma de caracterización del conflicto y a sus actores.

El sistema de valores, ideas y pensamientos que conforman nuestro sentido común se maneja por una serie de preconceptos que no quedan en la superficie del pensamiento, sino que operan sobre la realidad y construyen subjetividad. Durante los últimos 20 años, por lo menos, buena parte de los medios de comunicación que responden a los poderes económicos concentrados y el aparato cultural formador de opinión ha trabajado minuciosamente para construir diferentes enemigos o amenazas sociales que alimentan la fragmentación social, la intolerancia, e instalan sentimientos negativos como el miedo o el malestar entre los grupos sociales.